La Próstata y Yo: Una Historia de Crecimiento Inesperado

La épica batalla de un hombre contra su propio territorio rebelde. Una historia de crecimiento, goteos y supervivencia. No apta para corazones sensibles... ni para vejigas pequeñas.

La Próstata y Yo: Una Historia de Crecimiento Inesperado (Y No, Es Lo Que Piensas... O Bueno, Sí, Exactamente Eso)¡

Muy buenas noches, damas, caballeros y veteranos de la fila del baño! Permítanme contarles una fábula moderna. No tiene un príncipe azul, sino un señor con la cara un poco azul de aguantarse. No tiene un dragón, pero sí un... ejem... dragón interno que decide crecer a su antojo.

Nuestro héroe, llamémosle "Roberto", vivía feliz en su reino. Un reino ordenado, con fronteras claras, horarios regulares y una soberanía indiscutible sobre sus ríos y afluentes. Hasta que un día, sin declaración de guerra, las murallas del castillo central... comenzaron a expandirse.

Al principio fueron sutiles. Un "ay, qué incómodo" al montar en bicicleta. Una reflexión filosófica de dos minutos más frente al mingitorio, iniciando una conversación incómoda con el señor de al lado. Luego, el susurro se convirtió en grito: la próstata agrandada había declarado su independencia.

Imaginen a esta glándula no como un noble leal, sino como ese pariente pesado que llega de visita y decide quedarse a vivir. Para siempre. Y no se contenta con el sofá: empieza a amueblar, a poner cuadros, a apretar los pasillos. ¡Ah, los pasillos! El pobre de Roberto, que antes evacuaba su reino con la eficiencia de un servicio de mensajería alemana, ahora veía cómo sus emisarios (de líquido, seamos claros) tenían que hacer cola en un estrecho pasillo, empujar, negociar, y a veces, simplemente, darse por vencidos y volver a casa. Los viajes nocturnos al trono se multiplicaron. De uno, pasó a una trilogía, luego a una saga de siete libros... George R.R. Martin le hubiera tomado nota.

La desesperación llegó cuando el reino vecino, la vejiga, empezó a sufrir. Constantemente bajo asedio, nunca podía vaciarse del todo, viviendo en un estado perpetuo de "alerta amarilla". Roberto empezó a cartografiar cada baño público en un radio de 5 km. Conocía la calidad del papel higiénico de cada centro comercial y la acústica de cada retrete. Su vida social se redujo a un cálculo hidráulico: "Dos cervezas = tres visitas = no sentarse en la fila del cine".

¿El clímax de esta epopeya? La primera visita al mago, digo, al urólogo. Ahí, en la cueva de los instrumentos brillantes, llegó el momento del examen digital. Permítanme ser poético: es la única vez en que un hombre adulto desea, con toda su alma, que le digan que tiene el corazón en el lugar equivocado. Pero no. El diagnóstico fue solemne: "Hiperplasia Prostática Benigna". Benigna. Qué palabra más cruel. Es como si el ejército invasor te dijera: "No vamos a matarte, solo vamos a vivir en tu salón, apretar tu uretra y arruinar tus viajes en coche".

El final, afortunadamente, no es trágico. Hay pócimas (pastillas), hay hechizos láser, hay soluciones. Roberto aprendió a convivir con su "dragón interior". Ahora lleva un mapa de baños en el alma y una sabiduría nueva: que los verdaderos héroes no son los que matan monstruos, sino los que, tras una negociación tensa, logran que su propia próstata deje de hacerles la puñeta (literalmente, en el flujo).

Moraleja (en tono sarcástico): La vida, querido público, es eso que te pasa entre la primera vez que no puedes orinar y la última vez que logras hacerlo sin consultar un reloj de arena. Cuiden su castillo. Revisen sus murallas. Y nunca, nunca subestimen el poder de un buen baño público y conocerse a uno mismo... desde dentro. 

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