Pensé que era solo un té. La bebida más verde, pura y pacífica de la tierra. Error. Fue el preludio de un viaje... gastrointestinal y espiritual. #HistoriasDeViaje #IroníasDeLaVida #CostaRica
Ah, Costa Rica. País de la "pura vida", bosques nublados, monos que te roban el almuerzo y… el té más traicioneramente delicioso que jamás haya cruzado mi esófago.
Todo comenzó en un albergue eco-amigable, donde el aire olía a tierra mojada y virtud. La anfitriona, una señora con una sonrisa tan cálida que podía derretir el chocolate en un día lluvioso, me ofreció: "Tome, joven, un té de nuestra propia finca. Es pura hoja de hierba buena silvestre. Relaja el cuerpo y el alma."
Yo, como el típico turista crédulo, pensé: "¡Perfecto! Internalizaré la esencia de la sostenibilidad, de la conexión con la tierra, de la pura vida en forma líquida". La infusión era un espectáculo: un verde vibrante, un aroma que era un bosque entero en una taza. Lo bebí con la solemnidad de un ritual. Estaba delicioso. No "agradable", no "rico". Delicioso. Como si las hadas de la selva hubieran bailado sobre las hojas.
Me tomé tres tazas. Porque ¿cuándo tendría otra oportunidad de beber la paz mundial en infusión? La señora me sonrió, más cálida aún. Yo le sonreí, sintiéndome ya un poco costarricense por adopción herbal.
La primera señal de que había firmado un pacto faustiano con la vegetación llegó una hora después, durante una caminata por un sendero que prometía avistamiento de quetzales. Un leve gorjeo en mis entrañas. No el gorjeo de un pájaro, no. Era un gorjeo más... líquido, más urgente. Lo atribuí a la emoción.
La segunda señal fue más elocuente. Un retumbar bajo, como el inicio de una avalancha a pequeña escala, en las profundidades de mi ser. El bosque, antes silencioso y respetuoso, parecía aguzar el oído. Los quetzales, desde luego, no aparecieron. Probablemente habían sido advertidos por la fauna menor: "Cuidado, viene el humano de la hierba buena".
Fue entonces cuando entendí la broma cósmica. La "pura vida" no es solo paz y amor. Es también un reseteo completo de tu sistema digestivo, patrocinado por las fuerzas más puras y no adulteradas de la naturaleza. Aquella hierba buena silvestre, sin domesticar, sin filtrar por la civilización, no había venido a relajarme.
Había venido a purificarme. De manera enérgica, decisiva y geográficamente inconveniente.
Los siguientes cuarenta y cinco minutos fueron un viaje de autodescubrimiento. Descubrí que un modesto baño de cemento en medio de la selva puede convertirse en el lugar más sagrado del planeta. Descubrí que el canto de los pájaros puede ser opacado por... otros sonidos de la naturaleza. Y sobre todo, descubrí el verdadero significado de la palabra "desintoxicación". No es un concepto de spa. Es un evento deportivo extremo, interno, del que eres a la vez el atleta y la pista.
Al emerger, pálido pero liviano como una pluma, vi a la anfitriona. "¿Ve?" me dijo, con esa sonrisa solar. "El té le cayó de maravilla. Se le ve… renovado."
Y sí. Lo estaba. Había sido renovado, vaciado y esculpido desde dentro por la mano implacable de la madre naturaleza costarricense. No hubo quetzales, pero hubo epifanía: a veces, lo más "puro" y "natural" no viene a acariciarte el alma. Viene a darte una lección. Una lección que, en mi caso, resonó durante horas.
Así que, la próxima vez que alguien les ofrezca un té "puro", "silvestre" y "delicioso" de la finca, pregunten primero por sus… propiedades pedagógicas. La pura vida, amigos míos, a veces viene con efectos secundarios. Y con una humildad profunda y repentina.
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