En el corazón de un barrio antiguo, donde las casas guardaban secretos en sus grietas y los árboles susurraban historias, vivía una joven llamada Lucía, de veintiocho años. Lucía era bibliotecaria, amante de las novelas decimonónicas y de los sábados lluviosos. Pero había comenzado a notar algo que la inquietaba: al sonreír, dos líneas finas se dibujaban junto a sus ojos, y al fruncir el ceño al leer bajo la luz tenue, un pequeño surco se insinuaba en su frente.
Una tarde, mientras visitaba a su abuela Emilia, una mujer de ochenta y cinco años con una vitalidad contagiosa y una piel surcada por miles de historias, Lucía dejó escapar su preocupación.
"Abuela, ¿vieron estas arruguitas? Estoy pensando en empezar algún tratamiento, algo preventivo. Todas mis amigas lo hacen".
Emilia dejó su taza de té sobre la mesa, con un suave clic de porcelana. Sus ojos, del color del ámbar, miraron a Lucía con una ternura profunda.
"¿Tratamiento preventivo, dices? Déjame contarte un secreto, nieta. Yo también inicié un tratamiento antiarrugas temprano. A los treinta años, justo".
Lucía abrió los ojos con sorpresa. "¿En serio? ¿En los años sesenta? ¿Con qué, crema de noche?"
"Con algo más poderoso", dijo Emilia, y su sonrisa hizo que todas sus arrugas se alinearan como rayos de sol. "Mi tratamiento fue así:"
Primer ingrediente: El Viento de la Montaña. "Todos los fines de semana, en lugar de quedarme en la ciudad, tomaba el tren hasta las colinas. Caminaba hasta que el aire fresco me enrojecía las mejillas. Ese viento no prevenía arrugas, pero llenaba mis pulmones de alegría, y una cara alegre siempre es hermosa, líneas incluidas".
Segundo ingrediente: Las Lágrimas Auténticas. "No las de tristeza sin fin, sino las de risa incontenible y las de emociones verdaderas. Dejé de preocuparme por si llorar en una película o reír a carcajadas me causaría patas de gallo. Esas lágrimas limpiaron mi alma y dejaron marcas que, al mirarlas después, me recordaban qué significaba sentir profundamente".
Tercer ingrediente: Las Manos en la Tierra. "Comencé un pequeño jardín en el balcón. La tierra bajo mis uñas, el sol en mi nuca, el cuidado paciente por algo que crece. Ese contacto con la vida real, no filtrada por una pantalla, me daba una paz que ningún bote de crema costosa podía igualar".
Cuarto ingrediente: Los Besos a Destiempo. "Besar a tu abuelo bajo la lluvia, aun cuando se nos arruinara el peinado. Besar a tu padre de bebé en su barriguita, dejando que sus risas me llenaran de arrugas alrededor de los ojos. Besos que valían más que cualquier colágeno".
Emilia tomó la mano de Lucía, sus venas como mapas de una vida bien vivida. "Cada una de estas líneas, Lucía, tiene un origen. Esta de aquí", dijo señalando una profunda junto a su boca, "se hizo el día que tu madre dio sus primeros pasos. Esta constelación alrededor de los ojos, se forjó en las noches de verano mirando las estrellas con tu abuelo. Este surco en la frente, fue tallado el año que cuidé de mi hermana enferma, un recordatorio de la preocupación y el amor más fiero".
"Mi tratamiento temprano, querida mía, no fue para prevenir arrugas. Fue para asegurarme de que, cuando llegaran —porque llegan para todos—, no fueran surcos de ansiedad y autorreproche, sino letras doradas que cuentan la historia de una vida plena. Arrugas de expresión, no de tensión".
Lucía miró su reflejo en el espejo antiguo de la sala. Ya no veía las dos líneas junto a sus ojos como defectos, sino como los primeros trazos de su propia historia. Tal vez, pensó, el mejor tratamiento temprano no era temer el paso del tiempo, sino llenar ese tiempo con tanto significado, que su huella en la piel fuera bienvenida, como las anotaciones al margen en un libro muy amado.
"Entonces, abuela", dijo Lucía con una sonrisa genuina que acentuó aquellas líneas temidas, "¿me pasas la receta de tu tarta de manzana? Creo que ese será mi primer tratamiento de hoy".
Emilia rió, y su rostro se transformó en un mapa de alegría. "Ah, esa sí es una crema rejuvenecedora infalible: la dulzura compartida".
Y así, en la cocina perfumada de canela, comenzó el verdadero tratamiento antiedad de Lucía: uno que no luchaba contra el tiempo, sino que lo abrazaba, un día, una risa y una arruga a la vez.
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