El último suspiro del reloj

En un futuro donde el estrés se mide y comercializa, Leo descubrió el peor de los negocios: su propia vida. Hasta que un día, decidió robarse a sí mismo. Una historia para quien alguna vez ha sentido que el tiempo se le escapa entre los dedos.

El diagnóstico del Dr. Silenus fue frío y preciso: "Cronostasis Aguda, Fase IV. Carga psiótica: 98%. Los relojes se lo están comiendo, Leo."

En la pantalla, el escáner mostraba mi sistema nervioso. No eran venas ni nervios lo que se veía, sino una maraña de microscópicos relojes de arena de luz ámbar, incrustados en mi biología. Cada uno representaba una preocupación, un plazo, una deuda, un "qué pasaría si". La arena de la mayoría corría a velocidad demencial. Unos pocos, los correspondientes a los momentos de paz que ya no recordaba, estaban estancados, el cristal empañado.

En el año 2047, el estrés había dejado de ser una sensación. Era un commodity, un recurso. La "Red de Aflicción Colectiva" canalizaba la ansiedad ciudadana para alimentar los Cronomotore que mantenían girando la rueda del mundo. Cuanto más estresado estabas, más productivo era el sistema. Y yo, Leo Voss, arquitecto de realidades aumentadas, era un pozo petrolero de angustia de primera calidad.

Mi apartamento era un sarcófago inteligente. Las paredes proyectaban listas de tareas que se regeneraban al tacharlas. La cafetera me susurraba recordatorios de reuniones mientras colaba. Hasta mi mascota, un gato sintético, maullaba informes de productividad. Yo era el motor perfecto: siempre al rojo vivo, siempre generando valiosa "energía psiótica".

El punto de quiebre fue el Reloj Maestro. Apareció una noche, flotando sobre mi pecho: un reloj de arena del tamaño de un puño, su cristal era como obsidiana y su arena, polvo de estrellas agonizantes. Representaba mi vida entera, mi estrés esencial. Y su arena... estaba a punto de agotarse. No me quedaba *tiempo vital*. Lo había quemado todo.

En lugar de pánico, sentí una calma glacial. Una resolución ilógica. Si mi estrés era tan valioso, ¿por qué no iba a ser yo el beneficiario?

Usando mis habilidades, hackee mi propio flujo psiótico. Desvié la ingente energía que exportaba a la Red y la redirigí a un circuito cerrado, a un dispositivo ilegal llamado "Eclipsador". Con cada latido ansioso, con cada punzada de deadline, en lugar de alimentar la ciudad, estaba cargando mi bomba de quietud.

La operación se llamó "Auto-robo". El Eclipsador era una esfera de cristal opalescente. Cuando su carga fue crítica, la activé en el centro de mi apartamento. Emitió un pulso que no era sonido, sino silencio hecho visible. La onda expansiva congeló los relojes de arena de mi cuerpo. Uno a uno, la arena se detuvo, flotando en su ampolla de cristal como un cuadro cósmico.

El Reloj Maestro sobre mi pecho osciló, violando la gravedad. Su arena negra dejó de caer. Y luego... comenzó a fluir hacia arriba.

No fue un viaje en el tiempo. Fue un **desplegado**. Cada grano de arena que ascendía era un momento de mi vida devuelto, no para revivirlo, sino para reclamarlo. La ansiedad por el examen de ingreso a la universidad se transformó en el olor a lluvia que había en el aire ese día. El pánico de la presentación importante se convirtió en el sabor del café amargo que tomé después, ahora sin el regusto a miedo. Recuperé sensaciones, no eventos. La esencia sin el peso.

La ciudad fuera de mi ventana se apagó por un instante. Los Cronomotores, privados de mi contribución (y la de otros como yo que empezaron a inspirarse), tartamudearon. No fue un colapso, fue un parpadeo. Una oportunidad.

Ahora soy un fugitivo. La Corporación Cronos me busca. Mi nueva ansiedad, la de ser cazado, es del tipo común y corriente, la que no se puede cuantificar ni exportar. Es solo mía. Y la uso para mantenerme alerta, para esconderme en los barrios bajos de la realidad, donde las paredes no hablan y el tiempo se mide en risas y suspiros, no en granos de arena.

Tengo un nuevo negocio. Ayudo a otros a robarse a sí mismos. Les enseñamos a encontrar sus Relojes Maestros y a desviar su flujo. No para detener el tiempo, sino para **hacerlo propio otra vez**.

A veces, en la quietud de mi nueva y cutre guarida, sostengo el Reloj Maestro. La arena negra ya no cae. Oscila, lentamente, de un lado a otro, como el péndulo de un columpio vacío. Esperando a que yo decida qué llenarlo con.

Y por primera vez en años, elijo no ponerle nada. Elijo simplemente respirar, y que ese suspiro, insignificante y maravilloso, no le pertenezca a nadie más que a mí.

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