La Fábula del Bombero Borracho y el Castillo que se Quemaba Solo
Arrugas y Fuegos Artificiales: Cómo tu Cuerpo te Prende Fuego por Tu Cumpleaños... Cada Año.
¿Alguna vez has sentido que, después de cierta edad, tu cuerpo te odia un poquito? Que una simple torcedura de tobillo duele por tres semanas y una copa de vino de más te paga con un rescate al día siguiente. No es tu imaginación, es la inflamación. Esa misma que usaste para curar heridas de niño, ahora, en un giro de guion digno de una telenovela barata, se ha vuelto contra ti. Descubre la cómica y trágica historia de cómo tu sistema inmunológico, aburrido de no tener piratas o virus mortales que combatir, decidió declararle la guerra a... tú. Una historia de traición, cumpleaños y fuegos amigos.
Pónganse cómodos, queridos mortales. Hoy les voy a contar un cuento de hadas moderno. No hay princesas que duermen (bueno, quizás después de la menopausia), ni ranas que besan. Nuestra historia es mucho más cruel y sutil. Se titula: "El Bombero Borracho y el Castillo que se Quemaba Solo".
Érase una vez, un Castillo magnífico y joven. Este Castillo era usted, hace unas décadas. Sus piedras eran firmes, sus murallas imponentes, y su foso (el sistema inmunológico, para que me entiendan) estaba custodiado por un equipo de valientes bomberos. Estos bomberos eran brillantes. Si un dragón-virus escupía fuego, ellos acudían con sus mangueras de "citocinas" y apagaban el incendio en un periquete. Si un grupo de vándalos-bacterias intentaba escalar las murallas, los bomberos los recibían con un chorro de agua hirviendo. Era una época gloriosa.
El problema empezó cuando el Castillo, con el paso de los años, se volvió tan seguro y aburrido que los dragones dejaron de visitar. No había grandes incendios que apagar. Y ustedes ya saben lo que le pasa a un bombero sin nada que hacer: se aburre. Y cuando se aburre, se pone a beber.
Así, nuestros héroes, los bomberos inmunológicos, se convirtieron en un grupo de viejos borrachos y malhumorados. Deambulaban por los pasillos del Castillo, tambaleándose y viendo enemigos donde no los había.
—¡Eh, mira! ¡Esa célula de la piel tiene un aspecto un poco... rojiza! —gritaba uno, escupiendo cerveza.
—¡Es un incendio, te digo! ¡Echémosle la manguera! —contestaba otro.
Y así, sin ningún dragón a la vista, empezaron a rociar con su poderosa manguera inflamatoria todo lo que encontraban: las articulaciones (¡fiuum!, ahí duele), los vasos sanguíneos (¡plash!, ahí sube la presión), las neuronas (¡glug!, ahí se nubla la memoria).
Este "fuego amigo" de baja intensidad, este goteo constante de citocinas como si fuera una lluvia ácida, es lo que los científicos, con poca gracia, llaman inflamación crónica de bajo grado. Es el sonido de fondo de envejecer: el crujido silencioso de tus propias defensas prendiéndote pequeñas velitas en las células... para celebrar que estás un poquito más cerca del suelo.
El colmo de la ironía llegó cuando el Castillo, ya bastante deteriorado por los chorros de agua constantes, empezó a generar su propia leña para la hoguera. La grasa del abdomen, por ejemplo, no es solo un recordatorio de esa segunda porción de tarta. No, no. Es un almacén de pirotecnia listo para que los bomberos borrachos la enciendan. Es como si las paredes empezaran a sudar gasolina.
Moraleja: Envejecer no es como apagar una vela grande de un soplido. Es como tener a un pirómano en miniatura viviendo en tus entrañas, que enciende cerillas al azar y sonríe mientras tus cortinas se chamuscan. La próxima vez que se levanten con un dolorcito sin explicación, ya saben: no es el clima, ni se han hecho mal. Es solo su equipo de bomberos, celebrando otra noche de barra libre a su costa.
Fin de la fábula. (Consulten con su médico antes de despedir a los bomberos).
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