Cenicienta en la Era de las Startups: O, Cómo el Estrés Intentó Robarle el Zapatillo de Cristal (y la Sanidad Mental)
¿Crees que la madrastra malvada y las hermanastras desagradables eran el mayor problema de Cenicienta? Por favor, eso era terapia de juego. Sumérgete en la versión no apta para corazón sensibles, donde el "felices para siempre" está supeditado a la entrega de un informe trimestral y el Príncipe Azul es tu jefe, que solo manda correos electrónicos a las 11:59 p.m. Esta no es una historia sobre un zapato de cristal. Es una advertencia sobre cómo el estrés, el auténtico villano silencioso del cuento, está a un "sí" de distancia de convertir tu carroza en una calabaza llena de ansiedad. Si alguna vez has sentido que tu Hada Madrina necesita un asistente personal, esta es tu historia.
"Observen, queridos espectadores, al espécimen humano moderno en su hábitat natural: la oficina. O, en este caso, el salón-cocina-oficina-cuarto-de-crisis de Ella. Note la postura encorvada, la mirada vidriosa fija en la luz azul de una pantalla. Es un ser aparentemente funcional, pero en su interior libra una batalla épica contra el depredador más sigiloso de la jungla corporativa: el Estrés. O, como a mí me gusta llamarlo, el 'Asesino Silencioso con una taza de café caro'."
Ella, nuestra Cenicienta 2.0, no tenía que limpiar cenizas. Tenía que "gestionar la logística de limpieza de múltiples ubicaciones" mediante una app. Sus hermanastras no le arrojaban insultos, le enviaban mensajes pasivo-agresivos por Slack: "¿Podríamos sincronizarnos para una reunión de alineación sobre la disposición de los cojines del sofá? ASAP."
Y su madrastra... bueno, su madrastra era su Jefa de Proyectos. Una mujer que creía que frases como "piensa fuera de la caja" y "vamos a empujar el sobre" eran leadership puro, y cuyo "baile de gala" era la infame reunión presupuestaria trimestral.
"El estrés", continuó el narrador, "es un artista. No pinta con brocha gorda, no. Es un miniaturista. Un pellizco de ansiedad aquí, una gota de insomnio allá, un toque maestro de irritabilidad con tus seres queridos. Va construyendo su obra maestra, ladrillo a ladrillo de cortisol, hasta que un día... te conviertes en un castillo a punto de desmoronarse."
El Hada Madrina apareció, sí, pero no con una varita. Llegó con un curso online de "Meditación Mindfulness para Profesionales en 5 Minutos" y una suscripción a una app de respiración. Su magia consistía en convertir la calabaza de los ataques de pánico en un "vehículo de gestión emocional". Un progreso, supongo.
"¡Hija!",
dijo el Hada, mientras Ella revisaba frenéticamente su correo,
"¡debes ir al Gran Evento de Networking del Príncipe! ¡Es tu oportunidad para hacer un pitch de tu persona!"
"¡No puedo!",
gimió Ella,
"¡Tengo que terminar el análisis de datos de la campaña de limpieza del hogar y mis hermanastras me pidieron que les diseñara sus CVs! ¡El estrés me está matando!"
"Querida",
respondió el Hada con una sonrisa beatífica,
"el estrés no es un asesino. Es un mal jefe. Y tú le estás permitiendo micromanejar tu existencia. La clave no es controlarlo... es despedirlo."
Y entonces llegó la medianoche digital. No fue el sonido de unas campanadas, sino el de la batería de su portátil agotándose al mismo tiempo que su paciencia. En su huida, no perdió un zapato de cristal. Perdió su smartphone, cargado con todas sus contraseñas, listas de tareas y recordatorios de reuniones.
Al día siguiente, el Príncipe (un tipo razonablemente sensato que dirigía una empresa de bienestar corporativo) no recorrió el reino con un zapatillo. Envió un email masivo: "Asunto: ¿Perdió alguien un dispositivo móvil con 47 alarmas configuradas? Hablen ahora o su salud mental será declarada patrimonio en peligro de extinción."
Cuando Ella fue a reclamarlo, el Príncipe no le dijo "te queda perfecto". Le dijo: "Veo que tu nivel de productividad es inversamente proporcional a tu capacidad de disfrute. ¿Has considerado... delegar? Y por delegar, no me refiero a hablarle a los ratones. Aunque el que trae corbata parece muy eficiente".
Moraleja (narrada con sarcasmo final):
Y así, Cenicienta no se casó con un príncipe. Negoció un contrato de consultoría a tiempo parcial, despidió a su madrastra como jefa, y convirtió su carroza-calabaza en un spa de un día. El estrés, ese asesino silencioso, descubrió que ella ya no era un blanco fácil. Porque, al final del día, el único "felices para siempre" que importa es el que no requiere una nota médica para disfrutarlo. ¿Puedes controlarlo? Quizás la pregunta real es: ¿por qué le estás dando el mando a alguien que ni siquiera paga la factura de la luz de tu cerebro?
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